llamaban la atención.
Nada demostraba un delito todavía.
Pero tres compartían direcciones vinculadas entre sí.
Dos habían cobrado por “consultoría estratégica” sin documentación suficiente.
Y uno había recibido pagos mensuales justo por debajo del límite que requería una segunda firma.
La persona que aprobaba esos pagos era Ricardo.
—¿Cuánto? —pregunté.
El auditor dudó.
—Necesito verificarlo. Pero solo en esta primera revisión… más de doscientos mil dólares.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Doscientos mil?
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿A quién pertenecen esas empresas?
—Todavía no lo sabemos.
Lucía intervino.