de explicarme.
Daniel decidió regresar a su casa esa noche.
No para fingir.
Para hablar.
Le pedí que no fuera solo.
Se negó.
—Es mi matrimonio.
Tenía razón.
A las nueve me llamó.
No habló durante los primeros segundos.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En el coche.
—¿Estás bien?
—No sé.
Escuché su respiración.
—¿Te lo admitió?
—Sí.
Cerré los ojos.
—¿Qué dijo?
Hubo un silencio largo.
—Que papá fue el primero.
Sentí un dolor nuevo, aunque ya lo sabíamos.
Daniel continuó:
—Laura empezó a trabajar en la empresa hace casi año