—Y que si nosotros estábamos casados, habría más razones para integrarme formalmente al negocio.
—¿Qué más?
—Que después… él encontraría la manera de separarse de ti sin perderlo todo.
Sentí una frialdad absoluta.
—¿Y tú qué ibas a hacer con mi hijo?
—Divorciarme.
La palabra cayó entre nosotras.
—¿Cuándo?
—No había fecha.
—Pero ese era el plan.
Laura lloró.
—Al principio pensé que sí.
—¿Al principio?
—Después ya no quería perder a Daniel.
La miré.
—Pero tampoco querías perder a Ricardo.
No respondió.
Y eso fue respuesta suficiente.
Esa noche