preguntó por qué me importaba, tardé en admitir la verdad.
—Mi padre me la regaló.
—Entonces dilo.
—Ricardo dice que él la restauró.
—Eso también puede ser verdad.
La mesa se convirtió durante tres semanas en símbolo de treinta y un años.
Finalmente me la quedé.
Dos meses después la doné.
Lucía me llamó.
—¿Me estás diciendo que gastamos tres semanas negociando esa mesa para que la regalaras?
—Sí.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Miré el espacio vacío en el comedor.
—Porque necesitaba saber que era yo quien decidía