Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

había desaparecido de la morgue. Para evitar un escándalo, organizó un velorio con ataúd cerrado mientras presionaba al personal para encontrarme.

Aquella misma noche llegó a casa de Anselmo.

Me escondí debajo de una cama.

Desde allí escuché cómo le ofrecía cien mil pesos al anciano.

—Dígame dónde está Arturo y este dinero es suyo.

—No sé de qué me habla.

—No me tome por tonto. Un cadáver no sale caminando por su cuenta.

Después reconoció a Anselmo.

—Usted es el viejo que inventó aquella historia de los dedos que