había desaparecido de la morgue. Para evitar un escándalo, organizó un velorio con ataúd cerrado mientras presionaba al personal para encontrarme.
Aquella misma noche llegó a casa de Anselmo.
Me escondí debajo de una cama.
Desde allí escuché cómo le ofrecía cien mil pesos al anciano.
—Dígame dónde está Arturo y este dinero es suyo.
—No sé de qué me habla.
—No me tome por tonto. Un cadáver no sale caminando por su cuenta.
Después reconoció a Anselmo.
—Usted es el viejo que inventó aquella historia de los dedos que