detuvo frente a la lápida de su madre.
—Mamá, no sé quién está jugando conmigo, pero alguien acaba de decirme algo que solamente papá sabía.
Salí lentamente de mi escondite.
—Nadie está jugando contigo, mi niña.
Cuando volteó y me reconoció, se quedó inmóvil.
Después corrió hacia mí.
Me abrazó con tanta fuerza que casi perdimos el equilibrio. Me tocaba el rostro, las manos y el pecho, buscando convencerse de que realmente estaba vivo.
—¡Papá! ¡Yo te vi morir! ¡Te vi tirado en el salón!
—Lo sé, corazón. Pero estoy