Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

que debía guardarla porque era un recuerdo de su matrimonio. Pero yo sentía que era lo último que había tocado mi papá.

En el fondo de la copa quedaba un residuo seco.

Aquello cambió nuestra situación.

Adriana nos acompañó a entregar el objeto y las grabaciones a las autoridades, que solicitaron análisis especializados y preservaron la evidencia.

Horas después recibimos un resultado preliminar alarmante.

Habían identificado restos de una sustancia medicinal capaz de alterar gravemente el funcionamiento del corazón.

Su presencia era compatible con lo que me había sucedido.

—Arturo —