Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

En el reflejo de un espejo, detrás del salón, Leticia y Octavio aparecían besándose apasionadamente.

No era un gesto familiar.

Era el beso de dos amantes.

—Mi hijo nunca vio esta fotografía —dijo doña Socorro—. El fotógrafo me entregó el álbum después de que ella desapareció.

Miré a Anselmo.

Durante catorce meses había recibido a Octavio en mi casa. Le había prestado vehículos, pagado comidas y permitido quedarse a dormir cuando decía que tenía problemas económicos.

Ahora comprendía que los dos habían estado representando una mentira delante de mí.

Regresamos