Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

Durante las semanas siguientes, la investigación reveló que Leticia y Octavio estaban casados legalmente desde hacía once años, bajo sus verdaderas identidades.

No eran hermanos.

Eran un matrimonio que se acercaba a hombres con propiedades, negocios y poca familia cercana.

Leticia se ganaba su confianza. Octavio facilitaba documentos, seguros y contactos funerarios.

Yo había firmado, sin leer detenidamente, documentos relacionados con un seguro de vida por ocho millones de pesos.

Leticia figuraba como beneficiaria.

También habían preparado autorizaciones para intentar controlar mi empresa después de mi fallecimiento.

Con Gerardo habían