Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

seguido un procedimiento parecido. Tras su muerte, consiguieron dinero de su patrimonio y desaparecieron.

En el departamento de Octavio encontraron documentación, identificaciones falsas y dos argollas masculinas.

Una era la mía.

La otra pertenecía a Gerardo.

Se la llevé personalmente a doña Socorro.

Cuando reconoció el anillo de su hijo, lo sostuvo entre las manos y comenzó a llorar.

Meses después, los peritajes y las declaraciones permitieron esclarecer que Gerardo había fallecido antes de su cremación. Aquello alivió una de las angustias más terribles que habían acompañado a su madre