y a Anselmo.
El anciano, sin embargo, todavía guardaba un secreto sobre mí.
Un domingo, mientras tomábamos café en su cocina, le pregunté algo que nunca había conseguido comprender.
—Anselmo, cuando desperté estaba sobre una mesa, no dentro de un compartimiento refrigerado. ¿Por qué?
Bajó la mirada.
—Porque yo te saqué de allí, Arturo.
Me contó que aquella madrugada había revisado mi cuerpo al reconocer a Leticia y Octavio.
Mi pulso era tan débil que apenas podía sentirlo.
En lugar de dejarme encerrado, me trasladó a una habitación menos fría,