ella descubrí algo que había olvidado: el cariño verdadero no necesita pedirte que cierres los ojos.
Hace poco celebré mi cumpleaños en el pequeño patio de Anselmo.
Estaban Valeria, Consuelo, Adriana, doña Socorro y varios de mis trabajadores.
Brindamos con vasos sencillos.
Cuando Adriana me entregó el mío, sonrió.
—Tranquilo, Arturo. Esta vez todos sabemos qué estamos tomando.
Nos reímos.
Fue la primera vez que conseguí recordar mi boda sin sentir únicamente miedo.
Todavía conservo aquella etiqueta de la morgue, con mi nombre y la hora en que me declararon