celebración, sino una sentencia.
Poco después escuché a mi hermana Consuelo gritando desde el pasillo. Se oponía a la cremación y acusaba a Leticia de mentir sobre mis últimos deseos.
—¡Tú y yo teníamos un trato! —le gritó.
Aquellas palabras también me desconcertaron.
¿Mi propia hermana estaba involucrada?
Entonces Leticia se acercó nuevamente. Metió la mano debajo de la sábana, tomó mi mano izquierda y comenzó a quitarme la argolla matrimonial.
La giró hasta arrancármela.
—Esto ya no te sirve, Arturo —susurró.
Y cuando estaba saliendo, escuché a Octavio decir