Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

salir de aquí con las cenizas de otro esposo.

Lo miré sin comprender.

—¿Otro esposo?

—Se llamaba Gerardo. Tenía un taller mecánico y acababa de casarse. Lo trajeron de madrugada, igual que a usted. La viuda exigió cremarlo inmediatamente. Venía acompañada de un hombre que decía ser su hermano.

—Octavio…

—Entonces utilizaba otro nombre, pero estoy seguro de que era él.

Anselmo explicó que había visto moverse un dedo de Gerardo mientras preparaban su cuerpo. Avisó a sus superiores, pero nadie le creyó porque en aquella época tenía problemas con