Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

el alcohol.

Gerardo fue cremado esa misma mañana.

—Desde entonces reviso personalmente a todos los que llegan —confesó—. No iba a permitir que volviera a suceder.

Me sacó por una puerta de servicio y me llevó hasta su pequeña casa en Tlaquepaque.

Su hija Adriana trabajaba en un laboratorio clínico. Cuando me examinó, descubrió que tenía el pulso anormalmente lento y signos de haber sufrido una intoxicación.

—Necesitamos atención médica y tomar muestras cuanto antes —advirtió.

Me llevaron discretamente a una clínica donde recibí atención y quedaron documentados mis signos