fue una barbaridad.
Sentí una rabia que jamás había experimentado.
—Mamá, mi hija está quemada.
—Y Mariana acaba de perder a su marido en el día de su boda.
Aquellas palabras me hicieron comprender algo terrible: mi madre seguía pensando que el sufrimiento de Mariana era más importante que el de cualquier otra persona.
—Sal de aquí —le ordené.
—Elena…
—¡He pasado toda mi vida disculpando a mi hermana! ¡Pero no voy a pedirle perdón porque haya lastimado a mi hija!
Mi madre retrocedió sorprendida. Nunca antes le había hablado