dijo que si hablaba, iba a acusarme de robar su pulsera. Pensé que solamente quería asustarme.
Ahora comprendía la marca en su mejilla, el encaje roto de Mariana y la desesperación de Ricardo por conseguir aquel teléfono.
El médico nos explicó que debía documentar las lesiones y dar aviso a las autoridades por tratarse de una menor.
—Haga lo que corresponda, doctor —respondí.
Mi madre, que acababa de llegar al hospital, escuchó la conversación.
—¡Elena, no puedes denunciar a tu propia hermana!
La miré fijamente.
—¿Escuchaste lo que acaba de