impulsiva y tú eras fuerte. Te pedí que cedieras tantas veces que terminé enseñándole a tratarte como si tus sentimientos no importaran.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Mamá, ser fuerte no significa que no duela.
Ella asintió.
—Ahora lo entiendo. Y sé que también le fallé a Valeria.
Mi hija salió lentamente de su habitación.
Mi madre se levantó.
—Valeria, perdóname. Debí creerte desde el principio. Debí protegerte.
Mi hija permaneció inmóvil.
—Abuela, cuando me quemaron, tú te preocupaste porque mi tía estaba llorando.
Mi madre comenzó a sollozar.
—Lo