sé, mi niña. No tengo excusa.
—No puedo fingir que no pasó nada.
—No te lo voy a pedir.
—Y nunca quiero volver a ver a mi tía Mariana.
—Lo respeto.
No hubo abrazos ni una reconciliación milagrosa.
Pero mi madre empezó a visitarnos, a acompañar a Valeria cuando lo aceptaba y a demostrar con hechos que quería recuperar nuestra confianza.
Comprendió que el perdón no se exige y que el arrepentimiento necesita tiempo y acciones.
Con Mariana no volví a tener contacto.
Algunos familiares todavía me preguntan cómo pude