ella, eso solamente perjudicaría a nuestra hija.
Seis meses después de nuestro divorcio, anunció su compromiso con Mauricio, un empresario de treinta y nueve años que tenía varios talleres mecánicos.
Era un hombre amable, trabajador y profundamente enamorado de ella.
La boda se celebraría en un elegante jardín de eventos en Cholula.
Mi madre estaba emocionadísima. Mariana había organizado una celebración costosa, con música en vivo, arreglos florales y casi ochenta invitados.
Pero cuando le conté a Valeria, mi hija reaccionó de una manera inesperada.
—No quiero ir, mamá.
—Es