que ya no había nadie que me preguntara por qué tardaba tanto.
Regresé a la cocina y desaté el cordel que envolvía la caja.
Dentro, había una carta.
Debajo, un sobre con los bordes amarillentos.
Mi nombre estaba escrito en el sobre.
La caligrafía no era de Stoyanka.
Era de Yana.
Yana.
Llevaba veintidós años sin pronunciar su nombre en voz alta ante nadie.
Antes de la boda, éramos solo un chico y una chica.
Yana y yo.
Ella tenía