ya le entregué seiscientos mil pesos a su yerno.
Y cuando mi suegro tomó aquella supuesta autorización y examinó la firma, levantó la vista y pronunció unas palabras que nos dejaron helados:
—Esta no es mi firma. Alguien la falsificó.
PARTE 3
Don Ernesto sostuvo aquella hoja entre los dedos. Estaba tan pálido que temí que volviera a desvanecerse. Elena acercó una silla y le pidió que se sentara, pero él no apartaba los ojos de la firma.
Salvador conocía a Ricardo por negocios. Dos semanas antes, le había ofrecido