“¡Se casó con mi papá para robarnos la herencia!”, gritó mi cuñada cuando encontró a su padre inconsciente junto a la caja fuerte abierta. Mi marido y yo habíamos organizado una pequeña boda para nuestro suegro de 70 años y su nueva esposa, veinte años menor, porque él ya no soportaba la soledad. Yo revisé las cámaras antes de acusar a nadie. Lo que apareció en esos nueve minutos cambió todas nuestras sospechas.

ya le entregué seiscientos mil pesos a su yerno.

Y cuando mi suegro tomó aquella supuesta autorización y examinó la firma, levantó la vista y pronunció unas palabras que nos dejaron helados:

—Esta no es mi firma. Alguien la falsificó.

PARTE 3

Don Ernesto sostuvo aquella hoja entre los dedos. Estaba tan pálido que temí que volviera a desvanecerse. Elena acercó una silla y le pidió que se sentara, pero él no apartaba los ojos de la firma.

Salvador conocía a Ricardo por negocios. Dos semanas antes, le había ofrecido