“¡Se casó con mi papá para robarnos la herencia!”, gritó mi cuñada cuando encontró a su padre inconsciente junto a la caja fuerte abierta. Mi marido y yo habíamos organizado una pequeña boda para nuestro suegro de 70 años y su nueva esposa, veinte años menor, porque él ya no soportaba la soledad. Yo revisé las cámaras antes de acusar a nadie. Lo que apareció en esos nueve minutos cambió todas nuestras sospechas.

la casa a precio de oportunidad, asegurando que don Ernesto quería mudarse después de casarse. Salvador entregó cien mil pesos para reservarla. Al recibir la escritura original, transfirió otros quinientos mil, a condición de conocer al propietario y formalizar la compraventa ante notario.

—Sé que esos papeles no sustituyen una compraventa legal —admitió Salvador—. Por eso vine personalmente. Llevo días pidiendo hablar con usted y su yerno siempre tiene una excusa.

Yo llamé a Daniel y a Patricia. Les pedí que vinieran de inmediato, con Ricardo. Cuando llegaron, Salvador seguía