casa —anunció.
—¿Me estás dejando? —preguntó don Ernesto, asustado.
—No, Ernesto. Te quiero. Pero necesito descansar de sentir que debo defenderme cada vez que entro aquí. Yo me casé para acompañarte, no para pasar el resto de mi vida bajo sospecha.
Él quiso detenerla, aunque finalmente asintió. Me pidió que la acompañara. En la puerta, Elena se volvió hacia Patricia.
—Nunca quise quitarte a tu padre. Tú eres su hija. Yo solo quería que cuando cayera la noche ninguno de los dos tuviera que cenar solo.
Don Ernesto denunció los