Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

viernes por la noche, llovía a cántaros y yo había tomado la ruta foránea hacia la capital del estado. Iba a la boda de Sofía, mi mejor amiga de la universidad. Viajaba sola. Mi esposo, Diego, me había dicho que estaba “ahogado de trabajo” y que no podía acompañarme. Dejé a mi hijo, Mateo, en casa con mi mamá, Doña Carmen; el niño tenía exámenes importantes y no podía faltar a la escuela.

Recuerdo perfectamente el sonido de las llantas del autobús al entrar al puente viejo que cruza el