viernes por la noche, llovía a cántaros y yo había tomado la ruta foránea hacia la capital del estado. Iba a la boda de Sofía, mi mejor amiga de la universidad. Viajaba sola. Mi esposo, Diego, me había dicho que estaba “ahogado de trabajo” y que no podía acompañarme. Dejé a mi hijo, Mateo, en casa con mi mamá, Doña Carmen; el niño tenía exámenes importantes y no podía faltar a la escuela.
Recuerdo perfectamente el sonido de las llantas del autobús al entrar al puente viejo que cruza el