Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

mismo miércoles, por la noche. Doña Chole, mi vecina chismosa pero leal, salió a tirar la basura y vio en el pasillo una maleta roja de rueditas. Y a una mujer joven, en tenis blancos, metiéndola al elevador. Apretó el botón de nuestro piso. Doña Chole, sin pelos en la lengua, le preguntó: “¿A dónde va, señorita?”. La mujer sonrió: “A mi casa”. Era Paola, de 26 años, ejecutiva de la agencia donde Diego sacó su camioneta a crédito. Llevaban dos años acostándose. Se mudó a mi casa seis horas