que seguir adelante”. Y vaya que él siguió adelante.
Mateo estaba junto a la fosa. Diego le había dicho esa mañana: “Ya eres el hombre de la casa. Los hombres no chillan”. Mi niño de once años apretó los puños con tanta fuerza que se encajó las uñas en las palmas hasta sangrar; Doña Chole se dio cuenta. No tiró tierra al ataúd. Fue el único que no lo hizo. Susurró muy bajito: “Esa no es mi mamá”. Todos pensaron que el niño estaba en negación por el trauma.
Ese