Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Pero en lo que salen los papeles, la verdad es que es muy incómodo tenerla aquí. Necesito espacio para vivir mi duelo. Váyase un tiempo a casa de su hermana”.

Mi mamá, atónita, le contestó: “Diego, ni siquiera hemos rezado el novenario”.

Él la miró con hielo en los ojos: “Doña Carmen, Valeria no querría que nos estorbáramos. Usted, legalmente, ya no es nadie para mí. Sin ofender. Ya no es nadie”.

Mi madre, una mujer de 63 años e hipertensa, empacó una maleta en una hora y se fue