Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

al departamentito de un cuarto de su hermana. Al salir, se topó de frente con Paola, que salía de mi recámara bostezando y usando mi bata de baño. “¿Te ayudo con las maletas, señora?”, le dijo con descaro. Mi mamá, temblando, le preguntó: “¿De quién es esa bata?”. Paola se encogió de hombros: “Diego me dijo que la usara, total, a la difunta ya no le sirve”.

Día cinco. Viernes. Lo de Mateo. Esto me cuesta respirar cuando lo cuento. Diego subió a mi hijo a la camioneta con una