extraordinario.
—No gritaste.
Sonreí.
—Quería hacerlo.
—Lo sé.
—Pero primero necesitábamos saber quién había firmado.
Daniela guardó silencio.
Después dijo:
—Durante mucho tiempo pensé que me habías salvado porque eras dueña de Casa Robles.
Negué.
—No.
La miré.
—La empresa solo me permitió encontrar los registros. Lo demás tuviste que hacerlo tú.
Y era verdad.
Yo pude restaurar su empleo.
Pude revisar accesos.
Pude contratar abogados.
Pero no podía divorciarme por ella.
No podía reconstruirle la autoestima.
No podía enseñarle a Mateo que una familia puede cambiar de forma sin