verdad resultó todavía más ridícula.
La firma no la había trazado ninguno de los dos.
Habían tomado una imagen de mi firma de una carta comercial antigua.
La persona que la insertó fue un empleado administrativo que recibió de Sebastián un archivo y la instrucción:
“Teresa ya autorizó. Pon la firma de la carta anterior porque está viajando y necesitamos cerrar hoy.”
El empleado cometió una falta grave al hacerlo sin verificar.
Pero guardó el mensaje.
Y nos lo entregó.
Leí aquella frase tres veces.
Después miré a Sebastián.
—¿Yo