nuera, su cuidadora y, muchas veces, la persona con la que pasaba más tiempo.
Pero escuchar aquella palabra hizo que todo el cansancio desapareciera por un instante.
—No tienes que agradecerme nada —le susurré.
Elena apretó ligeramente mi mano.
Después miró hacia la puerta.
—Daniel…
Salí a buscarlo.
Mi esposo entró inmediatamente y se inclinó junto a la cama.
—Aquí estoy, mamá.
Elena lo observó durante largo rato.
Daniel empezó a pedirle perdón.
—Perdóname por no haberte protegido. Perdóname por haberle creído a mi papá. Yo debí darme cuenta…
Ella