por teléfono:
—Ten paciencia, Carolina. Ya casi termina todo y podremos estar tranquilos.
Cuando le pregunté quién era Carolina, golpeó la mesa y me ordenó que dejara de meterme en sus asuntos.
Esa tarde, mientras Daniel intentaba tranquilizar a su madre, Elena me agarró la muñeca con una fuerza inesperada.
Quiso decirme algo.
Sus labios temblaron.
—No… no…
Miró hacia la puerta, donde estaba Arturo.
Sentí un escalofrío.
Daniel también lo vio.
Cuando conseguimos quedarnos solos, le susurré:
—Tu mamá tiene miedo de tu papá.
Mi esposo negó con la