las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

una operación silenciosa para proteger mi vida. Rodrigo llegó primero, con el cabello despeinado, una sudadera gris y dos cafés del Oxxo en la mano. Cuando le puse la grabación, no dijo nada al principio. Solo escuchó con la mandíbula apretada. Al oír a Mariana decir que quería que Diego “abriera los ojos antes de cometer el error de su vida”, mi hermano cerró los puños. —Esa mujer no se te vuelve a acercar —dijo. —No quiero una pelea —le respondí—. Quiero mi boda. —Entonces vamos a salvarla. Lucía llegó