veinte minutos después. Ella no era dramática; era práctica. Revisó conmigo cada punto del plan: vestido, anillos, maquillaje, ramo, transporte, acceso al salón y micrófonos de la recepción. —Lo primero: Mariana ya no toca nada —dijo—. Lo segundo: nadie le avisa todavía. La wedding planner, Claudia, apareció con una libreta y cara de mujer que había visto crisis, pero no traiciones de ese tamaño. Escuchó la grabación completa. Cuando terminó, respiró hondo. —Podemos cambiar todo sin que los invitados lo noten —dijo—. Pero tus damas de honor quedan fuera del
las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración