cortejo. Esa frase me dolió más de lo que esperaba. No por Mariana. Por mí. Por la versión de mí que había escogido sus vestidos, sus ramos, sus lugares en las fotos. Por la mujer que creyó que esas amigas estarían llorando de felicidad cuando yo caminara hacia Diego. Pero ya no había tiempo para llorar. Mi vestido fue llevado a otra suite, custodiado por Lucía. Los anillos verdaderos quedaron en manos de Rodrigo. A Mariana se le dejó una caja idéntica, pero vacía, como señuelo. El maquillista y la
las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración