las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

en la segunda fila, al lado del pasillo, vigiladas discretamente por personal de seguridad. Quince minutos antes de la ceremonia, Mariana logró encontrarme cerca del salón de preparación. Venía hermosa, impecable, con el vestido satinado que yo misma había elegido para ella. Pero su mirada estaba llena de rabia. —¿Qué hiciste? —me escupió en voz baja—. ¿Estás loca? La miré con una calma que ni yo sabía que tenía. —No. Por fin estoy despierta. —¿Me vas a humillar por una conversación privada? —No. Tú te humillaste cuando planeaste arruinar mi