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—No pueden hacerme esto —susurró ella, temblando—. Yo lo amo.
Y por primera vez, sentí pena por ella.
Porque entendí algo terrible:
Mariana había confundido obsesión con amor durante tanto tiempo… que terminó destruyéndose sola.
La sacaron del salón mientras algunos invitados evitaban mirarla.
Fernanda comenzó a llorar.
Paulina bajó la cabeza.
Y yo me quedé ahí, respirando temblorosamente, sintiendo cómo el peso de meses enteros abandonaba mi pecho.
El sacerdote rompió el silencio.
—Después de todo esto… ¿todavía desean continuar con la ceremonia?
Diego me miró.
Yo lo