las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

que el dolor no solo destruye amistades.

También rompe familias.

Esa noche, mientras todos bailaban, Diego y yo salimos un momento al jardín de la hacienda.

Las luces colgaban sobre nosotros como estrellas pequeñas.

Él tomó mi mano.

—¿Por qué no me dijiste lo del bebé?

Sonreí entre lágrimas.

—Porque quería darte la sorpresa perfecta.

Diego soltó una risa temblorosa y se cubrió el rostro unos segundos.

Después se arrodilló frente a mí ahí mismo, arrugando el pantalón del traje sobre el pasto húmedo.

—Entonces déjame empezar hoy —dijo—. Voy