Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

había comenzado de nuevo con lo que él siempre despreció: mis manos, mi trabajo y mi dignidad.

Y si algo aprendí de todo aquello, fue que la pobreza jamás hace menos valiosa a una persona; lo que verdaderamente la empobrece es traicionar a quienes confiaron en ella.