sonrisa desapareció.
—Listo —dijo Santiago—. Ahora mi madre se va conmigo.
Ramiro quiso protestar, pero Santiago ya estaba ayudando a Teresa a subir a la camioneta.
Los demás trabajadores miraban en silencio.
Había ancianos, madres solteras y hombres con rostros consumidos.
Nadie celebró.
Eso inquietó a Santiago.
Parecía que todos sabían algo que él todavía ignoraba.
Cuando llegaron a la casa familiar, comprendió hasta dónde había llegado el sacrificio de Teresa.
El techo estaba cubierto con láminas parchadas.
La estufa apenas funcionaba.
Había 2 platos, 1 colchón vencido y cajas