Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle,

murmuró al fin—. Mi hermana jamás se habría ido sin esto.

Luego sacó de una lata varias cartas amarradas con listón. Eran de Petronila. En ellas contaba que tenía miedo de su marido, que quería dejarlo y que pensaba irse con Eduviges. La última estaba fechada pocos días antes de su desaparición.

Volví al rancho con Eduviges. Rosalba salió a recibirnos y, cuando la anciana entendió quién era ella, no la culpó.

—Tú saliste de donde mi hermana no pudo salir —le dijo—. Ahora ayúdame a que su nombre vuelva