Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle,

camino, erizó el lomo y corrió ladrando hacia la casa.

Había un caballo ajeno amarrado a mi cerca.

Rosalba lo reconoció.

—Es de él.

Le pedí a Eduviges que siguiera hacia el pueblo con una copia de la denuncia y que no volviera. A Rosalba le dije que se quedara entre los cafetos.

—No te voy a dejar solo —respondió.

Era la primera vez que me hablaba de tú.

—No quiero que vuelvas a obedecer por miedo —le dije—. Pero ahora necesito que decidas pensando en lo que nos costó