la bondad de mi esposa con debilidad.
Camila, en cambio, se impacientaba cada vez más.
Una noche me dijo sin rodeos:
— Ricardo, yo no quiero ser el secreto de nadie. Si me quieres, tienes que elegir.
La miré.
— Sabes que las cosas son complicadas.
— No son complicadas. O quieres estar conmigo, o te quedas con tu esposa.
Estuve pensándolo unos
días.
O, mejor dicho, me convencí de que ya no tenía motivos para seguir postergándolo.
Esa noche volví a casa decidido.
Elena había preparado la cena.
Nos sentamos a la