Dejé a mi esposa por unakara mujer de 29 años, y descubrí a qué había renunciado

la bondad de mi esposa con debilidad.

Camila, en cambio, se impacientaba cada vez más.

Una noche me dijo sin rodeos:

— Ricardo, yo no quiero ser el secreto de nadie. Si me quieres, tienes que elegir.

La miré.

— Sabes que las cosas son complicadas.

— No son complicadas. O quieres estar conmigo, o te quedas con tu esposa.

Estuve pensándolo unos

días.

O, mejor dicho, me convencí de que ya no tenía motivos para seguir postergándolo.

Esa noche volví a casa decidido.

Elena había preparado la cena.

Nos sentamos a la