mañana preparé hot cakes de avena.
Mariana solía hacerlos todos los domingos.
Cuando Valeria entró, se quedó mirando la mesa.
Le señalé su silla.
—Siéntate, mi amor.
No se movió.
—¿Puedo?
Sentí que el corazón se me partía.
—Claro que puedes. Esta también es tu casa.
Se sentó lentamente.
Le serví los hot cakes y un vaso de leche.
Después coloqué mi teléfono sobre la mesa, activé la grabadora con su conocimiento y le dije:
—Valeria, necesito que me cuentes todo. No estás en problemas. No voy a enojarme contigo.