dormida.
—¿Dónde estabas cuando llamé?
Mi hija comenzó a llorar.
—Afuera, papá.
—¿Afuera de la casa?
Asintió.
—Me quedé junto a la ventana. Podía verlas cantando y partiendo el pastel.
No pude contener las lágrimas.
Mi hija había pasado su cumpleaños mirando desde el patio cómo otras personas celebraban con el dinero que yo había enviado para ella.
Me levanté y la abracé.
—Perdóname, mi amor.
Valeria lloró contra mi pecho.
—Pensé que ya no me querías, papá.
Aquellas palabras me destruyeron.
La abracé con más fuerza.
—Eres lo más