la caja, sentí una inquietud que no pude explicar.
Mi primera esposa, Mariana, había fallecido cuando nuestra hija tenía ocho años.
Antes de morir, dejó algunas joyas, fotografías, cartas y una pequeña cuenta de ahorros destinada a la educación de Valeria.
También dejó una casa que había heredado de sus padres.
Yo administraba esos bienes mientras nuestra hija era menor de edad.
Nunca había permitido que se utilizaran para otra cosa que no fuera su bienestar.
O al menos eso creía.
—¿Qué caja, hija?
Valeria se limpió las lágrimas.
—La