guardaba ropa, me mostró algo más.
Era un cuaderno pequeño.
En sus páginas había anotado fechas, castigos y palabras que Verónica le decía.
—¿Por qué escribiste todo esto? —pregunté.
Valeria
bajó la mirada.
—Porque pensé que algún día regresarías y no me creerías.
Sentí que el corazón se me rompía otra vez.
La abracé.
—Te creo, hija. Te creo todo.
Pero entonces mi teléfono sonó.
Era Verónica.
Contesté intentando mantener la calma.
—Hola, amor —dijo alegremente—. ¿Cómo va tu viaje?
Miré a Valeria.
—Bien. ¿Y ustedes?
—Aquí en casa, descansando.