tranquila.
Me senté junto a ella.
—¿Qué pasa, mi amor?
Valeria respiró profundamente.
—Papá, tengo que decirte algo.
—Te escucho.
—Verónica me dijo que, cuando cumpliera dieciocho años, tendría que
irme de la casa.
Sentí que se me encogía el corazón.
—¿Por qué?
—Decía que ya había gastado demasiado dinero en mí.
Mi hija bajó la mirada.
—También me decía que, si tú descubrías lo que pasaba, ibas a pensar que yo era una mentirosa.
La abracé.
—Nunca debiste pasar por eso.
Valeria comenzó a llorar.
—Yo trataba de portarme