responsable y tuviera una vida tranquila.
Jamás imaginé que aquellas respuestas escondían algo terrible.
Llegué a casa poco antes de las once de la noche.
La calle estaba silenciosa.
No
había luces encendidas.
El automóvil de Verónica tampoco estaba estacionado.
Abrí la puerta con mi llave.
—¿Verónica?
Nadie respondió.
—¿Valeria?
Escuché un ruido detrás de la cocina.
Era el sonido del agua moviéndose dentro de una cubeta.
Caminé lentamente hacia el cuarto de lavado.
Y entonces la vi.
Mi hija estaba arrodillada frente a una tina de plástico, tallando una